La cocina de Gimnasia

Ellos alimentan los estómagos de los cientos de chicos que juegan en busca de su sueño. Las historias de Omar, Mary y Caty, los trabajadores de los buffets de Estancia Chica y El Bosquecito.

Catalina Del Valle Godoy se encontraba en la cocina del buffet de Estancia Chica dándole el último crepitar a las milanesas de carne. El silbido de la pava, el crujir del aceite caliente y el chirriar de la parrilla le impidieron oír que tres personas entraban por la puerta principal. Se trataba de Nahuel Manganelli, su papá y su mamá. El arquero se adelantó, esquivó el mostrador, y antes de cruzar la puerta de la cocina miró a su madre y le dijo: “Esperame que vengo a buscar a mi segunda mamá”. Se trataba de “Caty”, la cocinera que es testigo de las alegrías y frustraciones de los chicos.

Ella trabajó dos años en El Bosquecito, descansó otro por temas de salud y volvió al ruedo en 2018 en Abasto. Cocina junto a Omar y Mary, un matrimonio que nutre a las Juveniles y sus familias desde 2003 en Estancia Chica y desde 2014 a las Infantiles del Bosquecito. Ellos expresan que en el primero se observan jóvenes provenientes de todas partes del país, coincidente con las políticas de scouting del club. En el segundo la clientela es en su mayoría platense, con los chicos sub-14, los padres y los alumnos de la escuela. Otras trabajadoras son Andrea Paul –mamá de Tatiana Vera, jugadora del vóley Mens Sana– y Celeste Ortíz.

Omar San Martín realizaba sus funciones como portero de turno noche en Estancia Chica. Se lamentaba cuando veía la pileta repleta de personas pero el buffet estaba cerrado. Los socios le pedían que les llene el termo para el mate en la portería. Lo conversó con dirigentes y aunque no contaba con suficiente dinero, tomó las riendas del local junto a su mujer, Mary.

La única experiencia en el rubro comercio había sido de joven junto a su papá y su hermano en los kioscos del Hipódromo. “Siempre me gustó cocinar. Había que meterle el pecho y le metimos el pecho. Cero pesos, todo trabajo”, expresa. Compró una bolsa de golosinas, unos sánguches para los juveniles y un par de galletitas. Con el correr de los meses el menú se amplió y hoy trabaja codo a codo con el equipo de nutricionistas en relación al armado de viandas.

“Yo no tengo tatuajes, no me visto ni tengo nada rojo. Soy Tripero, siempre llevo el carnet conmigo. Cuando algunos del club que sea me cargan, les saco el carnet. Si son socios, seguimos hablando. Yo discuto con pares. El que no es socio no tiene voz ni voto. Ahí se termina la discusión”, indica el hombre que cuando va a la cancha no le gusta que insulten a los jugadores nacidos en el club. “Gimnasia es una familia”, dice quien es testigo de las historias de vida de los jóvenes promesas.

Las manos benditas de Monetti

El Lobo peleaba el descenso y en el arco atajaba Fernando Monetti, arquero categoría 1989. Antes de subir al colectivo que los llevaba para jugar de visitante, se acercó al buffet y Mary aprovechó para mojarlo con agua bendita. “Dale Ma, poneme en las manos también”, deslizaba entre risas el Mono. Mary salió, pidió permiso a los encargados de la delegación y roció todo el micro. “La historia terminó en que nos salvamos”, expresa.

Los tererés de Fito

Más allá de las supersticiones, lo detallado describe la relación estrecha que tienen los jugadores con los encargados del buffet. Omar recuerda esas noches de verano que tomaban tererés junto a Fabián Rinaudo, Dardo Miloc y Milton Casco. Cuando Mary se levantaba de su silla y anunciaba que debía irse a su casa, Fito retrucaba: “Maa, hacete otro tereré”. Luego venía Leonardo Madelón, que los llevaba de nuevo a la concentración a la orden de “Bueno, vamos”. Los jugadores se retiraban y el técnico se quedaba degustando los últimos mates junto a Omar y Mary.

Antes de irse a jugar al Sporting de Lisboa portugués, Rinaudo entró al buffet con la premisa de despedirse sacándose una foto con ellos, los que lo acompañaron en tantas rondas de mates en Estancia Chica. “Me quiero sacar una foto con ustedes”, dijo. Omar cuenta que es la única fotografía que tiene con un jugador de Gimnasia. Ni siquiera le pidió una foto a Maradona. “Justo fui a llevarle unas cosas y lo trajo Cristian Jorgensen. Hablé un buen rato con Diego. El que no me quiera creer, que no me crea, pero yo hablé con él”, desliza.

La categoría ’90 y la apuesta de los pollos

La categoría que lo maravilló fue la 1990, conformada por jugadores como Nacho Fernández, Dardo Miloc, Yair Bonnin, Gonzalo Soto y Walter Mazzolatti, entre otros; y dirigida por Eduardo Laxalde. Rememora aquella vez que ganaron el clásico 4-0 en el Country Club y accedieron a la final contra River. Durante el festejo lo invitaron a Omar a la cancha, y mientras se acercaba al grupo éstos le cantaban al ritmo de la canción Es tiempo de alegranos de Sheriko: “Pagá los pollos, la p…que lo parió”.

Entre los juveniles existe un juego que se mantiene con el correr de los años. Omar se compromete con una cena a la categoría que gana el partido ante Estudiantes. El empate, aunque los chicos quieran convencer, no vale. El plato principal son pollos a la parrilla. De la ensalada, la bebida y el postre se encargan Mary y Caty. “La categoría 1990 me ganó en todo lo que podía ganarme”, sonríe.

El afecto con los Juveniles

Ellos son muy queridos por las categorías. Cada vez que uno se acerca a comprar algo al buffet, se la ve a Mary tomando mate junto a diez chicos, riéndose, charlando del partido o de la campaña de Gimnasia en Primera. Si los ven atareados, estos se prestan para dar una mano en el mostrador. Cuando juega el Lobo y se disputa en paralelo la jornada de Juveniles, todos se amontonan enfrente del televisor de tubo a la derecha del local.

Los jóvenes mantienen una amistad con ellos, le cuentan cómo se despertaron, cómo extrañan a su familia que está lejos, cómo están de cara al encuentro. “Tratamos de aconsejarlos y contenerlos. Tenemos buenos jugadores y sobretodo buenas personas”, enuncia Omar. La relación no se detiene en el cara a cara sino que continúa en el WhatsApp, y también con las familias.

“Yo me acercaba a ellos. Tenés el que extraña a la familia o el que viene lesionado y se bajonea. Yo les decía: ‘Pará, es tu sueño, seguilo’. Los aconsejaba. A veces me vienen hasta dentro de la cocina, me abrazan y me dicen: ‘¡Ganamos!’. O viene el que perdió y te dice ‘perdimos por mi culpa’”, describe Caty.

La comida rica también construye relaciones. Había chicos que en su casa no comían zanahoria con huevo, pero si las hacía Caty no dejaban nada en el plato. Llegó hasta enseñarle a un padre cómo cocinar un pastel de papa. Otras exquisiteces son los dulces de zapallo, de pera y de tomate que ella prepara.

Aunque se percibe como una persona tímida, lo cierto es que con el trabajo aprendió a desarrollar su sociabilidad con los otros. No conoció a Maradona porque estaba concentrada en la cocina. “Después de un año y pico entré en confianza y le pedí una foto a Lucas Lobos. Me pongo nerviosa (risas).

Conversar con los padres y con los chicos le enseñó muchas actitudes. A tener paciencia, a dialogar más y a ser consciente que trabajando, su calidad de vida aumenta. “Lo más importante es atender con una sonrisa. Yo cocino como lo hago en casa”, testimonia.

En un deporte colectivo confluyen personas provenientes de todos los estratos sociales. Un club es una institución formadora e inclusiva que intenta dentro de sus posibilidades integrar a ese joven a la sociedad. Los trabajadores del buffet han forjado ese instinto de conocer las dificultades económicas de cada chico, para saber quién puede pagarse una vianda y quién no. Omar relata que su forma de ser le impidió que un chico se quede sin comer porque no tiene plata. Ahora los chicos que asisten al colegio o viven en la pensión reciben su vianda por parte del club, con lo que estas situaciones que ocurrían en años anteriores ya no aparecen.

“Con Mary teníamos eso de saber quién tenía plata para pagar el café con leche y quién no, o quién podía pagarse el sánguche. Tenías al chico que podía comprar una milanesa con papas fritas, aquel que podía comprar un sánguche de jamón y queso, y los que juntaban entre tres para comprar un pedacito de sánguche y repartírselo. Como mamá traté de ver eso y le dábamos un sánguche a cada uno. A veces le preparábamos una vianda para que se lleve a la casa y le poníamos un poco más para que tenga a la noche”, desarrolla.

Hoy el buffet se encuentra cerrado por el cese de actividades dispuesto por la pandemia de Coronavirus. Omar y Mary, al no poder trabajar en ninguna de las dos sedes, crearon un emprendimiento de comidas caseras llamado “Qué rico” –en Instagram se lo puede buscar como @1querico-. Caty, por su parte, se centra en realizar trabajos de tejido –se la puede encontrar en Facebook como Tejidos Mora-.

 

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