Fabricio Amato, un pilar fundamental en la 2004 de Estudiantes

Fabricio junto a Alejandro Sabella, en el Country Club de City Bell.

Fabricio junto a Alejandro Sabella, en el Country Club de City Bell.

Nacido hace 17 años en Carlos Tejedor, hijo de Gustavo y Carolina, hermano de Emilia. A los 13 se fue de su casa para jugar en Agropecuario de Carlos Casares; Cuando quedó en Estudiantes al año siguiente no tenía lugar en la pensión del club. Hoy es una pieza clave en el mediocampo de la Sexta división. La historia de Fabricio Amato es la de un pibe que se desprendió de la tranquilidad del pueblo para pelearla en el hostil camino a Primera y la de una familia que malabareó como pudo para apoyarlo.
 
Quince días más, le pidió Fabricio a su papá. Sentía que no desentonaba, no le costaban los entrenamientos, estaba a la altura. Igual, lo entendía. Si pegaba la vuelta era por el viejo. Lo veía, sabía que él no la estaba pasando bien. Por eso quince días y si no, la vuelta al pago.
 
Empezaron a cranear la decisión en el viaje de retorno. Ese viernes, el último de enero de 2019, Fabricio terminó la practica definitiva en el Country de City Bell e inmediatamente salió con su familia para Tejedor. Había pasado los filtros, le habían dicho que sí: si quería se sumaba al plantel de Estudiantes, pero no había lugar en la pensión. Tenían dos días para decidir; lo necesitaban en el entrenamiento al lunes siguiente.
 
Gustavo Amato tiene 59 años. Nació en Martínez de Hoz, una localidad de poco más de mil habitantes en el partido de Lincoln, Provincia Buenos Aires. Antes de instalarse en Carlos Tejedor vivió en La Plata. Fue a estudiar Ciencias Económicas a la Universidad Nacional de La Plata, hasta que, convocado por la guerra de Malvinas, tuvo que ir Junín, ahí pasó todo el conflicto en un cuartel, expectante para movilizarse hacia el sur. Al regreso no pudo continuar con la carrera universitaria, tuvo que dedicarse de lleno a trabajar.
 
Fue de esa época la llave que apareció en La Plata.
 
Un ex compañero de trabajo, Osvaldo Cuenca, le abrió las puertas de su casa. Contaban con el hospedaje hasta que se liberara un lugar en la pensión, calculaban un mes de espera. Después de sacar cuentas junto a Carolina les cerró todo: Él, que había vendido su negocio poco antes, se iría a vivir a La Plata durante ese lapso junto a su hijo, de 15 años, para acompañarlo en el punta pie inicial.
 
Gustavo lo llevaba a los entrenamientos, a conocer la ciudad. Fue un tiempo de preparación para lo que tendría que vivir más adelante, una vez alejado de toda familia. Pero ese tiempo se estiró más de la cuenta. En abril, después de tres meses la espera seguía y cada movimiento pesaba más: se habían ido a vivir a Capital Federal, a lo de una hermana de Gustavo. Fabricio, mientras tanto, estaba en un proceso de adaptación en el equipo, jugaba pocos minutos.
 
Una semana después de esa charla, donde padre e hijo acordaron un plazo, un punto final, Gustavo fue al Country Club a buscar a Fabricio, que volvía de Córdoba –habían ido a jugar contra Talleres-. Era sábado, cerca de la medianoche. Cuando Fabricio se despidió de sus entrenadores le pidieron que vuelva a la mañana siguiente. Pensaban en ponerlo de titular en la Liga Metropolitana –torneo paralelo donde juegan los que no suelen tener continuidad en el equipo principal-.
 
Cuenta Gustavo que cuando escuchó el pedido les planteó su complicación: no vivían más en La Plata, el ida y vuelta a Capital los liquidaba, el hecho de irse tan tarde para volver tan temprano dejaba a Fabricio sin margen de descanso. Entonces les consultó una alternativa, si los autorizaban a dejar el auto en el estacionamiento del Country no tenían problemas en dormir ahí. Desde el club se organizaron y Fabricio pasó su primera noche en la pensión. “Yo en el baúl siempre llevaba una frazada y una almohada asique dormí ahí arriba del coche”, recuerda Gustavo a la distancia.
 
Su infancia en Tejedor y la experiencia en Agropecuario
 
Carolina Braun es profesora de educación física y fue Directora de Deportes de Carlos Tejedor. Por eso en 2016 participó del homenaje a Federico Fernández -32-, el ex futbolista de las juveniles de Estudiantes, que jugó el Mundial 2014 con Argentina. Le hicieron una gigantografía sobre en la rotonda que está entre el acceso y la ruta 226, que decía: “Federico Fernández, orgullo del partido de Carlos Tejedor”. El actual jugador del Newcastle United de Inglaterra nació en Tres Algarrobos, un pueblo a 45 kilómetros de distancia, que tiene su cabecera en Tejedor.
 
El único nacido y criado en la ciudad de Carlos Tejedor que llegó al fútbol profesional es Hugo Orlando Gatti -77-, ni más ni menos. También con paso en La Plata, atajó cinco años el Club Gimnasia y Esgrima. Es el futbolista con más partidos en la historia de la Primera división argentina.
 
Como docente de Educación física, Carolina les trasladó a sus hijos el gusto y la disciplina por los deportes. En el último año que vivió en Carlos Tejedor, Fabricio tuvo que elegir con qué delegación viajar a Mar del Plata. Había pasado a la final de los Juegos Bonaerenses en fútbol, Handball, Ciclismo y Vóley. Eran varios los que, como Fabricio, coincidían en más de un plantel. La mayoría había elegido ir a fútbol –andaban bárbaro-. Fabricio no, siguió el consejo de su madre, que por su trabajo estaba al tanto de cómo se iban tejiendo los equipos: “si no vas con vóley, cinco chicos se tienen que quedar en Tejedor”.
 
Carolina -también nacida en Martínez de Hoz- no es futbolera, pero empezó a seguir el deporte cuando vio el entusiasmo de su hijo. “Está haciendo lo que le gusta y lo ves con tanta alegría que aprendes a disfrutar. Yo no analizo el equipo, cuando lo voy a ver jugar voy a verlo a él”. Cuenta que cuando estaba embarazada de Fabricio, Gustavo le planteó: “si a éste le gusta jugar al fútbol vos me tenes que acompañar a que se pruebe, porque yo nunca lo pude hacer”.
 
Fabricio jugaba de enganche, era un volante con gol. Pasó por el Club Amigos de Gorra de Cuero y Huracán de Tejedor –el mismo que el loco Gatti-. En 2018 quedó en Agropecuario de Carlos Casares. Una ciudad -20.000 habitantes- tres veces más grande que Tejedor, a 130 kilómetros de distancia. “El primer día que lo dejamos allá yo me vine llorando y lloré una semana entera”, recuerda Carolina.
 
Fabricio llegó a un club en construcción. A Agropecuario le dicen El Sojero, por su fundador, el empresario Bernardo Grobocopatel. En 2017 ascendió a la segunda división y con seis años de vida se convirtió en la institución más joven en competir en esa categoría –donde aún participa-. Recién al año siguiente armaron una estructura de juveniles –para jugar contra los equipos de la B Nacional, antes lo hacía solo en la liga regional-.
 
Gustavo viajaba todos los miércoles para darle una mano. La familia iba cada fin de semana a verlo jugar. En lo deportivo, el proyecto del club no fue el ideal. Después de la primera rueda del campeonato –seis partidos- se bajaron de la competencia por una diferencia con la organización. Fabricio terminó el año en Casares jugando contra equipos de la zona.
 
“Me sirvió pasar por Agropecuario. Si no, era una gran diferencia si saltaba de mi pueblo a Estudiantes. El nivel era muy similar a los equipos de Primera”, dice Fabricio. Marcos Pomar, que fue su entrenador en el Club y a su vez preceptor en el colegio, fue quien le consiguió la prueba en Estudiantes tiempo después.
 
De menor a mayor: sus tres años en el Pincharrata
 
El primer año le costó. Llegó en enero y su primer partido como titular fue a mitad de año. Siempre en la mitad de cancha, con Ricardo Iberbia, su primer entrenador, dejó de ser enganche para jugar de interno. “Aplicado y con disciplina táctica” lo recuerda Ricardo. Sobre el final de la temporada tuvo una pubalgia que lo alejó de la competencia. En 2020 la pandemia llegó antes que el campeonato, no pudo jugar un minuto.
 
En su paso –virtual- de Séptima a Sexta división, la categoría 2004 mantuvo al mismo entrenador, Sergio Capitanio. Hace dos años trabaja con el plantel. Quiere que su categoría sea un espejo de la Reserva que dirige Pablo Quatrocchi –la última división por la que pasan antes de llegar a Primera-, para que sus dirigidos tengan una referencia y se preparen antes de pegar el salto. Quiere que los jugadores se saquen “la mochila de jugar”, que sean un equipo corto, de buenos pases y circulación. Entiende que Amato es clave para buscar ese funcionamiento.
 
Por la técnica, el porte físico, la pegada, el juego aéreo, Capitanio lo ubicó de volante central. Lo ve como un jugador de concentración plena, con disposición para aprender: está todo el tiempo preguntando. “Es fácil trabajar con él”. “Por ahí te encontrás con algún chico que le marcas algo y se enoja o le cuesta más asimilarlo, él no es así”. 
 
Dice Capitanio que tiene diálogo constante con Fabricio. Que cuando se lo pide, no tiene problemas en quedarse a practicar fuera de horario los movimientos con la pierna inhabil -zurda-. Ve que es bueno con la pelota pero busca bajarle la ansiedad para jugar, “porque pierde mucho por querer resolver rápido”. “Yo le digo que si vos vas recuperas al cien por ciento y pasas la pelota al cien, es probable que el pase salga mal. Ahora, si recuperas y tenes esa pausa que el volante central tiene que tener para darle un buen pase, al que tenes más cerca, no importa, pero sumar. Crecer desde vos para sumar pases, te vas a sentir más cómodo”.
 
Fabricio se perdió dos partidos del torneo por lesión –la misma Pubalgia que lo había complicado el primer año-, el resto los jugó todos como titular.
Para Sergio Capitanio, Fabricio es un pilar fundamental en el equipo. “De la categoría, es uno de los chicos que yo le veo proyección para ir para arriba”.
 
Los entrenadores de Fabricio en Estudiantes coinciden en que si algo lo caracteriza es la humildad; callado hasta que entra en confianza, no suele levantarle la voz a sus compañeros pero cuando entra a la cancha se planta; transforma esa timidez en inteligencia para conducir y en carácter para manejar las situaciones. Para Capitanio, Amato no es un referente arengador ni “la voz cantante del grupo”, pero cuando habla no pasa desapercibido. “El grupo se apoya en él”.
 
Matías Chapetta –Preparador físico de la 2004 en los tres años que lleva Fabricio en el club- lo ve como un “pibe diferente”, lo considera un ejemplo para la categoría. Dice que tiene el don de la exigencia. Que es responsable en la escuela, en los entrenamientos. Y cae bien por unanimidad: “Vas a la cocina, hablas con las cocineras y te van a hablar maravillas. Vas con los utileros y te dicen lo mismo”.
 
En este semestre, Amato tuvo la oportunidad de entrenar con la Reserva, con jugadores hasta cinco años mayores y varios de ellos ya con contrato profesional. Juan Calabrese, uno de los ayudantes de Quatrocchi, cuenta que se desenvolvió con la misma naturalidad con la que juega en su categoría. “Tiene características de un jugador que entiende bien el juego, es un chico receptivo, es inteligente y la verdad que los tres o cuatro entrenamientos que tuvo estuvo muy a la altura, no quiere decir que tenga la necesidad de integrar el plantel de Reserva pero es muy importante para él tener la posibilidad de entrenar en la Tercera, por el roce”.
 
“Fue mucho sacrificio, para mi viejo sobre todo. Nos salvó que me dieron la pensión. Gracias a eso sigo jugando en el club”. Dice Fabricio, que cursa en el colegio del club y está en el último año. Cuando egrese, piensa estudiar medicina, para especializarse como médico deportólogo. “Es terrible lo que tenemos, las instalaciones, canchas espectaculares, materiales, gente que está encima nuestro todo el tiempo. Es un sueño”.
 
“Todos los del interior hacen sacrificios enormes, a veces es llamativo. La nuestra es una historia más de tantas”. Reflexiona Gustavo. “Yo lo acompañaba siempre, si es lo único que puedo hacer. La madre puso una condición: que tenía que estudiar. Porque ella sabe muy bien que a veces en el fútbol no se da. No tenemos capital, más que un estudio no le podemos dar para que tengan otras herramientas en el futuro”.

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